Opinión

LA ÉPOCA DORADA DEL CINE EN BARRANCABERMEJA

Imágenes y recuerdos

crónica

Por: Juan Camilo Ariza, Catalina Silva.

La primera década del siglo XX en Colombia presencia el desarrollo de una industria de exhibición cinematográfica en los espacios urbanos, con prácticas modernizadoras dedicadas a influir en los tiempos de distracción de los ciudadanos; cine extranjero y alguna que otra, producción nacional. Barrancabermeja, también atraviesa este ciclo de teatros y cinemas – construcción, auge, decadencia y deterioro – más el proceso de transformación social de un público que inicia su experiencia con el cine en estas salas de exposición y así, del recuerdo a la pérdida, queda la duda de cómo en la actualidad se gestionan espacios para la apreciación audiovisual y las artes escénicas, entre la renovación o el simple olvido.

Foto del Teatro de la Shell
Foto del Teatro Santander

El cine llega a Barrancabermeja con proyecciones ocasionales en el teatro Santander, un primer escenario, que también sirve de ring de boxeo, presentaciones o para asambleas obreras. Luego, otros teatros se instalan de forma definitiva como un espacio de entretenimiento ofrecido a los trabajadores petroleros, este es el caso del Teatro Unión construido por la Tropical Oil Company, que para 1938 ya proyecta cine a los obreros después de la jornada de trabajo y los fines de semana, a los campesinos del corregimiento el Centro. El Teatro de la Shell en campo Casabe, también es otro espacio creado por las empresas extranjeras, la gente recuerda con cariño tomar el ferry, pasar el río y asistir a una película, ya sea de matiné.

La fluida asistencia a estos teatros amplia el panorama de las salas de exposición en la ciudad y se da paso a los teatros ubicados en la zona comercial, que se hacen a techo abierto por las condiciones climáticas, salas festivas a las cuales llegan variedades de películas desde cine francés al mexicano. Por tanto, hasta los extranjeros acudían con sus esposas al Teatro Libertador fundado en 1945, donde hoy quedan las oficinas del Siben en el sector del Comercio y que en alguna noche de sábado proyectaría “¿Arde Paris?” (1966) del director francés René Clément. Este teatro, fue posteriormente administrado por la empresa Cine Colombia que envió al fotógrafo cartagenero y administrador de una sala de cine en Barranquilla, Nereo López Mesa quien, a su llegada al teatro Libertador encontró una sala ¨totalmente desprestigiada entre la comunidad debido a su mal sonido y a la pésima calidad de sus proyecciones¨ (Márceles). López era un tipo inquieto, logró hacer que cambiaran el sonido, promocionaba la música de Discos Fuentes, montó un taller de revelado fotográfico junto al teatro y logró que publicaran fotografías de su autoría en los periódicos El Tiempo y El Espectador y en la revista Cromos, además de mantener una activa vida social en la ciudad antes de abandonarla en 1952. El Teatro Libertador no sobreviviría la década de 1960. Esa misma fugacidad le ocurre al Teatro Apolo, que funcionaba donde hoy queda Comultrasan, el cual inicia su funcionamiento en 1950 y se incendia en 1968, accidente típico del cinematógrafo y por último, es tomado por Cine Colombia, pero pronto llega su cierre.

Lo cierto es que, a pesar de estas malas experiencias, el cine en la ciudad sigue su rumbo gracias a empresarios intrépidos, entonces aparecen dos teatros importantes que despliegan la época dorada del cine: el Teatro Yarima y el Teatro Barrancabermeja, ambos aparecen en el año 1963 y se mantienen hasta 1995. Es importante resaltar, que el Teatro Barrancabermeja era techado desde su creación, goza de un buen sonido para sus proyecciones y presenta en varias oportunidades obras teatrales o espectáculos de compañías extranjeras, además sobrevive a la muerte de su primer dueño, Jesús Sánchez, un bogotano quien se suicida en el lugar y es recordado por ofrecer boletas a los colegios para entregar a los mejores estudiantes.  

En la década del 60 también se forma el Teatro del Pueblo proyecta películas de vaqueros o “spaghetti western” y cine mexicano. Una iniciativa de barrio, en busca de conformar un cinema popular para todos. Aunque todo se complica para 1988, cuando empiezan a surgir los locales de alquiler de películas en los barrios, ya algunas familias en Barrancabermeja tienen un televisor en la casa y un Betamax o un VHS, que después sería un DVD, entonces parte de la población que va a estos teatros se queda en su casa o se reúnen en pequeños grupos a disfrutar una película a su gusto, por tanto, con la televisión en casa se anuncia el final de los teatros y sus paulatinos cierres; se cree que el cine está muerto en la ciudad, desaparecido y que la cultura es un negocio imposible de modo aparente, quizá más por factores externos que por falta de gente que apetezca cine.

Foto del Teatro del Pueblo en el barrio Primero de mayo, ya no queda nada, totalmente sepultado

Sin embargo, lo curioso es que con el cierre de los teatros, los locales de alquiler de películas se mantienen hasta la actualidad, lo que resulta ya anacrónico. El único local de alquiler y proyección de cine porno cierra con la cuarentena, hace unos pocos meses por 3000 pesos se podía alquilar un cubículo para ver una película “roja” y en su mostrador, orgulloso de sobrevivir se exhiben cantidades de casetes VHS de películas porno gringas de títulos sugestivos. Al desaparecer los cinemas en los años 90, ver una película en un teatro es un lujo y un signo de lo dividida que se encuentra la ciudad, puesto que sólo se proyectan películas en el Club Miramar o Infantas para sus afiliados o socios, trabajadores petroleros, una práctica que segrega a cierta parte del público. En la sala de cine del Club Miramar se estrena la primera de “Matrix” (1999) de las hermanas Wachowski, una película de culto, sólo vista por las familias, hijos e invitados de los socios.

Poco se puede afirmar sobre los cierres de los teatros, porque no hay ideas claras, decir que se deja de ir al cine por quedarse en casa o porque el arte no interesa, es una observación superficial, el domingo en los cinemas era ya una costumbre; se piensa que el principal problema fue la misma programación de la cartelera, las películas de artes marciales que proliferaron la pantalla del cinemascope no interesaron a los espectadores, los cuales se replegaron y es que el público de la ciudad no se conformaba con poco, la gente grita y reclama cuando una película era mala en la sala, lo mismo sucedía en las proyecciones nocturnas del cine “rojo” o cuando se hacían cambios a última hora de largometrajes.

Ya existen cinéfilos, espectadores asiduos que no faltan a su cita semanal en el teatro y así, las predilectas siempre fueron las películas con historias o tramas complejas: “Lo que el viento se llevó” (1939) dirigida por Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood, “Teorema” (1968) película italiana del director Pier P. Pasolini, la recordada y tenebrosa “Dracula” (1931) de Tod Browning y por supuesto, Chaplin y mucho cine mexicano, hasta lo impensable como “La naranja mecánica” (1971) del director Stanley Kubrick llena salas en las noches calurosas. Incluso, el Teatro Experimental de Cali (el TEC) de Enrique Buenaventura y el Teatro La Candelaria de Bogotá se presenta en el Yarima. En verdad, se tenía un público crítico que amaba el cine y que poco a poco se disipa y segmenta, al que la violencia urbana y el difícil acceso al séptimo arte termina por dispersar, junto con otras expresiones como el teatro, la música y la danza, que ven disminuidos sus espacios en la ciudad de modo drástico, sobre todo a finales de la década de 1990 con la toma paramilitar de las comunas de Barrancabermeja.

Por hoy, algunos recuerdan estos teatros y en su totalidad se perdieron, aunque quienes todavía hablan de estas noches parecieran que evocaran otra Barrancabermeja, ya distante, hecha de otras fibras. No obstante, y contra todo pronóstico, el cine regresa en el 2009 pero ya como escenario anexo a los centros comerciales con varias y modernas salas de cine, articuladas en un espacio regido bajo una lógica de consumo, mientras la ciudad vive un ciclo de reactivación económica, después de los momentos más extremos del conflicto armado.   

El caso especial del Teatro Yarima

Preguntar por el Teatro Yarima es como hablar de la película italiana de Giuseppe Tornatore “Cinema Paradise” (1988), un ambiente espontáneo lleno de festividad y caos alrededor del cine, plagado de parejas, cinéfilos, familias y cantidades de niños y jóvenes, quienes asisten a miles de proyecciones para maravillarse con los actores o las actrices de la época, con las tramas complejas, el cine extranjero y las imágenes en movimiento.

El teatro Yarima o Los fundadores comienza a funcionar de manera descubierta y para 1986 se techa por completo, además pasa 3 películas seguidas en las tardes con intermedios de música: tangos y boleros, algunas se proyectan de forma normal y otras en cinemascope. El público podía ver dos veces el mismo film y al final, uno diferente de cierre, todo esto por un mismo boleto de ingreso y a veces, se realizaba un show de strippers a las 11 p. m. Esta programación se hace por géneros o estéticas, incluso se dejan tardes completas de cine “rojo” sólo para adultos sin servicio de baño, claro está durante esas proyecciones, a las cuales asisten hombres ya entrados en años.

En cuanto a los largometrajes, en esta época se le compran a las mismas productoras y a través de catálogos se traía el cine mexicano por medio de Telmex y las grandes cintas de Hollywood de la Fox, Metro-Goldwyn-Mayer Studios o Universal, entre otras. A veces, el uso de estos rollos era limitado y después de un día de estreno debían ser enviadas en avión a otras partes del país o se comparten en simultáneo con otros teatros de la ciudad y cada estreno, llega con sus grandes carteles de promoción, llamativos y brillantes, los cuales se exponen en la fachada del teatro y adentro se da inicio a la cinta.

Asistir al cine en el Teatro Yarima se convierte en un nuevo ritual y muchos cumplen con esta cita semanal por diversas razones diferentes a la película y entre estas para comprar cigarrillos extranjeros y fumar mientras se desarrolla la historia, para la cita de los novios o los romances prohibidos, para salir con los amigos o pasear con la familia. En suma, el cine es una práctica de encuentro colectivo, que al oscurecer la sala hace de su público un mismo grupo sin fragmentaciones de status social, género, edad o política, todos van al cine para ser hechizados por un film y después, revivirlo en cada comentario. Aunque, por momentos la ensoñación se pausaba y caía una pepa de mango a la cabeza de alguien o cualquiera lanzaba berridos a la pantalla en señal de protesta, los golpes de los calvazos, crispetas de maíz por los aires, las risas traviesas y los novios muy cercanos hacían traer un llamado a la mesura: un hombre con linterna hace sus rondas e impone orden. Todo esto le da estilo a la sala de cine del Yarima, siempre visitada, un cinema circense de atmósfera permutada y franca.

Fotos de la silletería del Teatro Yarima

Conclusiones

Esta época dorada de los cinemas aún se recuerda con cariño, por las vivencias que se tejen en sus salas y que se llenan de significados diversos y emotivos, que aunque ya perdidas, la impersonalidad de los cines de centros comerciales jamás van alcanzar. La inocencia del público que por primera vez presencia una película, del silente en blanco y negro al cine a color y sonoro, en otros idiomas y subtitulado, de contenidos cambiantes, sin distenciones entre el cine comercial o arte y los oficios olvidados como el proyeccionista, programador, taquillero y así, cuánta gente se iba a su casa extasiada de imágenes y de dramas intrincados, de nervios alterados y cuánto terror, comedia, melodrama y westerns se pasaron.

Fotos del Teatro Unión en el corregimiento de El Centro

La cuarentena suspende de manera temporal en Barrancabermeja las proyecciones de cine y esto es un recordatorio, que décadas atrás muchas salas se clausuraron para siempre. Entre tanto, un lugar emblemático como el Teatro Unión de modo reciente es visitado por el alcalde Alfonso Eljach y su equipo de gobierno para hacer promesas de reactivación con eco en la prensa local y que a febrero del 2021 se contrasta con una construcción deteriorada, la cual se resiste a caer. Además, no solo es recuperar edificios es permitir la subsistencia de salas de exposición alternativas, apoyar los cine – clubes, casi inexistentes ya, e invitar a los directivos de las Universidades y los Colegios a ampliar sus programaciones culturales, que son reducidas de modo peligroso.

La enseñanza que deja el paso de los cinemas, es que el cine es una experiencia total y que es más querida por el espectador, cuando se vivencia, se dialoga y se entiende, por esta razón la relevancia de hacer espacios para su apreciación, su reflexión y para compartir son urgentes y necesarios. Es redundante, señalar ya las cualidades educativas y estéticas del cine, aunque no es suficiente con decir que ayuda a comprender la realidad, es más indicado agregar que permite lidiar con la vida misma.

BIBLIOGRAFÍA

Márceles Daconte, Eduardo. Nereo López: los primeros pasos de un maestro de la fotografía.

Perilla Letrado, Gabriela. TRANSFORMACIÓN DE LOS USOS Y USUARIOS DE LAS SALAS DE CINE EN BOGOTÁ Y EL ABP COMO ENFOQUE DIDÁCTICO PARA LA ENSEÑANZA DE LOS ESPACIOS COTIDIANOS. Trabajo de grado. Universidad Pedagógica Nacional.

Periódicos:

El Tiempo. El cine, un lujo en Barrancabermeja. ARTURO PEÑALOZA PINZON Corresponsal de EL TIEMPO 20 de noviembre 2002

El Tiempo. En Barrancabermeja, el cine terminó la función. ANGELA AMARÍA SUAREZ Corresponsal del EL TIEMPO 20 de noviembre de 2002. 

Vanguardia Liberal. Séptimo Día. Enero 9 de 2011.

*Anotación: Gracias a todas las personas que con sus testimonios, entrevistas y comentarios ayudaron a construir el presente texto.


Opinión:

Juan Camilo Ariza Cardona

Licenciado en Educación Básica con énfasis en Ciencias Sociales, Universidad Pedagógica Nacional.

Estudiante de Derecho.

Universidad Cooperativa de Colombia, sede Barrancabermeja.


Catalina Silva Arias

Magíster en Educación (ARCIS, Chile).

Licenciada en Español y Literatura, Universidad Industrial de Santander.

Docente universitaria.